Natalia García Sen Título - 2006 - Fotografía dixital - 100 x 33 cm.

Escritores desconocidos para relación estable

Diego Ameixeiras
Escritor
Premio Xerais de Novela 2006

 

¡Se ruega un poco de silencio! El estudio llama a la concentración, aunque la telefonía móvil se ponga muy vibradora y haya mucha mirada de taxinomista necesitado. Las bibliotecas son lugares propicios para desconcentrarse concienzudamente y con calefacción, y para envidiar el sopor (y la oposición aprobada) del bibliotecario, espacios perfectos para que muchas parejas desasistidas se protejan discutiendo una cierta bibliografía personal en voz baja, para que los solitarios con el temario confundido canten a media tarde algún gol afónico que se les atraviesa en los auriculares. Son escenarios algo felices en los que campan pupilazos con sordina a la hora de la siesta, pasarelas sufridas donde se desfila para ir al baño y para fumar un cigarro o para inocularse un café antes de caer rendido en los folios más indigestos. En las bibliotecas puedes asaltar todos los periódicos gratis con mucha paciencia (siempre hay alguien que lee detenidamente las páginas de economía y la sección de contactos), trapichear alguna frivolidad (seria) el messenger, reservarle silla próxima a un colega que siempre llega tarde a los lugares llenos de gente, encontrar piso de alquiler a precio muy bipartito y reflexionar sobre si todo eso que estás haciendo (licenciatura, oposición, papiroflexia) merece realmente la pena a estas alturas.

No vean ironía en lo anterior, todos somos todas las posibilidades y no somos nada: en las bibliotecas también hay mucho libro imprescindible y mucho lector aplicado, del mismo modo que en los campos de fútbol se cultiva algo más de sentido común que en las concejalías de urbanismo, donde también, según parece, tienen noticia de la letra impresa. Que sigan existiendo lugares donde te prestan libros es como para mantener algún tipo de esperanza en la condición humana, si es que estamos a tiempo de seguir pronunciando una palabra que ya existía mucho antes de que a la subida de impuestos se le llamase actualización alcista de las cargas tributarias. Si tuviese que elegir algún lugar feliz de una gran ciudad, si es que existen, elegiría una biblioteca con DJ en la que ponerme a salvo del cambio climático y de las últimas tendencias en geopolítica. Pero no puedo negar que el primer recuerdo que tengo de un lugar de estas características (sin fondo musical, lástima) conlleva un importante sentimiento de culpa. Un lugar lleno de libros con profesores tristes que actuaban como vigilantes jurados con bata blanca, silencio de tanatorio castigado y muchas ganas de salir corriendo cuando el reloj marcase el fin de la ofensiva sotánica. Afortunadamente, eran los menos y ya estaban muy viejos para todo, incluso para la canción misionera. Entre ciertas loas a Mario Conde y a Silvio Berlusconni, algunos mezclaban el tomismo con Ludwig Feuerbach, los barbudos guerracivilizaban en las jornadas espirituales (los espiritualizados más lúcidos, siempre de cursos superiores, desaconsejaban el retiro) y los llamados seglares combinaban mucho Kevin McHale con algo de San Juan Bosco y con flores a María.

Perdonen las batallas demasiado cercanas. Los años pasaron rápido, etcétera: la mayoría de los alumnos acabaron manteniendo una relación más o menos natural con la profilaxia, otros montaron empresas exitosas, muchos comprendieron las razones por las que las mujeres neoyorquinas reclamaron pan y rosas allá por el 1908, bastantes lloraron la muerte de Kurt Cobain y digo yo que, con un poco de suerte, todos volverían alguna vez a una biblioteca sin que les supusiese una regresión traumática. Ahora cierran librerías en las que uno podía defenderse y abren bancos con el único ánimo de ofendernos. Si nos ponemos algo pirotécnicos, podremos decir con la boca pequeña que las bibliotecas permanecieron y respiran como podemos respirar casi todos (viendo los telediarios, con notables dificultades), se reproducieron por los barrios (muy tímidamente), se conectaron (lentamente) a Internet y algunas hasta compraron discos de los Rage Against The Machine (afortunadamente).

Me cuentan algunos chavales de mi barrio que, para variar, es preciso que nos pongamos algo optimistas combatiendo la palabra crisis, siempre en boca de los adultos. Acabo de entender que criticar la lírica del botellón desde una tertulia radiofónica lo identifican con la falta de autoestima del intelectual decaído que también bebe mucho, sin hacer ruído, demasiado solo y últimamente en el despacho. No sé si tendrán algo de razón, pero nunca lo había pensado de ese modo. La verdad es que puede tener algo de relación con el hecho de que, por desgracia, la primera vez que entré en una biblioteca ya no creía en los Reyes Magos y no tenía riesgo de fimosis. Recuerdo que Asterix era una risa tremenda: los repasé tardes y tardes con esa total falta de instrospección que caracteriza a la infancia y que podemos identificar con lo más parecido a la felicidad. Pero, como seguro ya sospecharán, todo se complicó más tarde. No seré nada original si confieso que uno de los primeros libros que me llevé prestados para casa fue una edición muy vieja del histórico Cantar del Mío Cid, que a esa edad me lo leí con el mismo interés que me transmitía la guía de teléfonos. Posteriormente, ni todo el caudal artístico de Calderón de la Barca ni las mejores páginas de don Fernando de Rojas impidieron que me empezasen a interesar más otro tipo de actividades no vinculadas, en ningún caso, a las letras clásicas españolas. Entenderan las causas, claro.

Años más tarde, puedo asegurar que superé con mucho esfuerzo la larga travesía de la adolescencia, tan lejos de los espacios públicos para la lectura, aunque la literatura obligatoria del bachillerato intentó disuadirme para que no gastase tardes enteras con los Guns n’ Roses, ni interrogándome con tanta autocrítica que creo que hasta le agobiaría las vacaciones a un forense. Ahora voy a las bibliotecas cercanas con una periodicidad en notable crecimiento, sólo equiparable a la que me obliga a frecuentar diversos estancos de la ciudad. He cambiado, estoy regresando rápidamente al origen, y confío en que todos los chavales a los que les pido consejo me hagan recuperar el camino que desanduve y que ellos seguro pisan ya con fuerza. Por eso escucho últimamente a los geniales Dios ke te crew y no acaba de convencerme nada don Gonzalo de Berceo (del siglo XIII peninsular, últimamente tiendo mucho más al bipolar Martim Codax). Como contrapartida a tantos favores, ahora me queda convencerlos para que también lean algo que non sea obrigatorio, a ver si hay un poco de suerte y los consejos son propicios. Para eso, desde hace días busco escritor innovador de cualquier siglo para tal fin, incomprensiblemente ausente de los planes de estudio y susceptible de estar presente en las bibliotecas públicas. Se ruega un poco de silencio!

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