Ilustración: Patricia Castelao

Andrés Sobrino
Universidad de A Coruña
 
 

Las bibliotecas públicas no tuvieron para mí significado hasta que empecé a estudiar en la universidad. Han estado, por lo tanto, ausentes en mi formación lectora; mi gusto por los libros no les debe nada. En mi infancia, primeros años cincuenta, la biblioteca se integraba con dificultad en las costumbres ciudadanas. En mi ciudad existía la de la Casa de la Cultura, dirigida muy eficientemente, como sabría años después, por el poeta Garcés, pero nadie –ni padres, ni profesores- me enseñó el camino hasta el jardín de San Carlos.En el colegio en el que estudié los libros estaban protegidos del lector por librerías acristaladas, cerradas con llave.

¿Cómo llegué a los libros? En mi prehistoria lectora veo una revista Blanco y Negro que, según mi madre, me hacía comer, mientras pasaba las hojas, y un cuento deshojado, Blanquita, en el que una niña tenía un amigo león. Después vino el TBO, que cada domingo me compraba mi padre si me portaba conforme era debido. Comienzo de lecturas y angustia porque doña Pilar, que me enseñaba a leer, no acababa de hacerlo de todo. Y el TBO esperaba, con la familia Ulises, Babalú y los inventos imposibles de aquel profesor de Copenhague.

Recuerdo el temblor de la noche de Reyes, la confianza en que me traerían libros…El tesoro de la juventud, el más deseado, que nunca llegó, incomprensiblemente, a mi manera de ver. Llegaron, eso sí, Las mil y una noches, El capitán de quince años y Platero y yo…

Primeras lecturas

Mi padre sentía un respeto enorme por los libros, disfrutaba comprándomelos y se refería a ellos llamándoles, con reverencia, “obras”. Era, además, un gran lector en voz alta que, cuando volvía del trabajo, nos leía, a mi madre y a mí, El Lazarillo de Tormes, Las aventuras del Capitán Corcorán e, incluso, Las comedias para puritanos de Bernard Shaw. Todavía recuerdo su voz tranquilizadora leyéndome a Salgari en mis largos períodos de enfermedad. Mis vecinos me dejaban los luminosos libros de Elena Fortún y las novelas de Karl May. Leía todo y todo se me acababa enseguida. A veces, en la calle, haciendo recados que me mandaban en casa o, simplemente paseando, me entraba una extraña urgencia. Había un libro, de Enid Blyton, de Verne, de quien fuera, que me esperaba. Y pocos placeres había más grandes que aquel reencuentro.

Y los libros tenían también un significado físico: olían a nuevo, a tinta, tenían cubiertas coloridas, brillantes o mate, papel de diferentes rugosidades, dibujos mejores o peores. Desde que llegaban a mis manos me ponía a presuponer su contenido: la portada me hacía pasar a hojearlo, me fijaba en una frase, miraba un dibujo…Si no podía empezarlo, lo cerraba con hambre de leer.

Algo semejante me sucedía cuando iba al cine. Pienso en el antiguo Equitativa de Coruña. Me preparaba para la película que iba a ver con los carteles que se exhibían fuera de la sala. Después, ya sentado en mi butaca, se encendían luces alrededor de la pantalla que luego se apagaban. Se empezaban a correr unas cortinas, iluminadas, subía el telón y empezaba el espectáculo, “bigger than life”, mas grande que la vida. Así era también mi experiencia lectora, me iba poniendo en contacto, poco a poco, con algo que era imposible en aquel mundo gris: la aventura, el peligro y su superación, islas, piratas…Cierro los ojos y aparecen la colección Pulga, Cadete, Historias, Salgari, Julio Verne, los libros de Araluce…


 

Las bibliotecas familiares

En la familia había una biblioteca canónica, la de mi padrino. Es decir, una biblioteca situada en el lugar de respeto de la casa: esa extraña habitación que se denominaba despacho y que cumplía un papel poco conocido. El dueño de la casa tenía un despacho, era así, pero nadie sabía muy bien para qué. Allí estaban las sempiternas librerías acristaladas, pero sin llave. Allí yo tenía permiso para revolver y leer lo que quisiera. Mi padrino, hombre profundamente libre, no pensaba que los libros pudieran hacer mal a nadie.

En esta biblioteca hojeé nuestra Enciclopedia Británica, El Espasa. Fue una lectura continuada y siempre recomenzada que, además de iniciar curiosidades, me acercó a la Historia del Arte. Había también novelas en ediciones anteriores a la guerra, de la Editorial Prometeo, novelas inglesas de los años 40, obras de Stefan Zweig, libros de Valle-Inclán…De vez en cuando, mi padre me recomendaba tal lectura, o me decía que aquello no lo debía leer. Cuando esto sucedía, yo me quedaba perplejo ¿Por qué no debía haber leído aquellos cuentos de Las mil y una noches- en la edición de Blasco Ibáñez- que no estaban en el libro que me habían echado los Reyes? No lo entendía, mi padre tampoco pasaba de la indicación.

Tenía acceso a otra biblioteca, la de mi abuela materna. Era lo contrario de la anterior en fondo y en accesibilidad. Había revistas carlistas encuadernadas, folletines de Sopena y novelas, muy emocionantes para mí, de Dick Turpin y de Dick Norton. También se podía encontrar alguna revista republicana, asustada en aquel mundo francamente conservador. La abuela prohibiéndonos, a mí y a mis primos, el acceso al armario de los libros, nos proporcionó un placer añadido: leer a escondidas, vigilando por si venía.

La adolescencia me sorprendió leyendo los libros del Reader´s Digest, aquellas versiones que la revista americana hacía de novelas de éxito. También aparecieron libros que, decididamente, mi padre no me hubiera dejado leer. Estoy hablando de Trópico de Capricornio de Henry Miller. Pero todo alimenta. De pronto descubrí que además de calentura Henry Miller me producía un placer nuevo, la conciencia de haber descubierto un gran escritor, aunque el motivo de mi acercamiento fuera, nunca mejor dicho, “non sancto”.

Y poco a poco crecían mis libros propios, en los que invertía mis magros ahorros. Se juntaban en los estantes, se interferían, unos llamaban a otros, que todavía estaban por llegar. Se había creado algo dinámico y sorprendente que yo ordenaba de mil maneras. El aislamiento lector se producía en mi habitación, no demasiado ajena a los ruidos del exterior, alumbrado por un flexo, pero, en aquellos tiempos, podía darse en cualquier lugar, como sucede cuando se lee con una entrega absoluta, con una entrega de converso.

De la universidad y la censura

Y llegó la universidad, y allí sí que hubo bibliotecas públicas ¡Y qué bibliotecas! Estoy pensando singularmente en la de la Facultad de Filosofía y Letras de Santiago, donde estudié. Lo recuerdo como una experiencia viva, hermosa y, también, olorosa: olor a una mezcla de cera, madera y humedad, sólo le faltaba una ráfaga de incienso. Había dado un paso hacia lo mágico: leía una edición de La Regenta, ilustrada por Llimona, en una bellísima biblioteca histórica, llena de secretos que se me brindaban amablemente. Consultaba el Summa Artis, intentaba traducir los Carmina Buranna…El tiempo, todavía, pasaba lento y el silencio, muy relativo, no me impedía concentrarme. Y seguí mi vida de lector, animada por el descubrimiento de este nuevo paraíso.

En la biblioteca encontraba, además, libros de arte con anotaciones personales, que me aclaraban la posible atribución de tal o cual obra, diferente a la señalada por el autor del libro. Y esta incorrección, a todas luces censurable, me llevaba a pensar en su autor, en sus motivaciones escritoras y en su perfil personal. Aun hoy, cuando compro un libro de segunda mano, contemplo con interés la tarjeta postal olvidada y las anotaciones, inteligentes o cándidas, que acompañan sus páginas. Alguien ha hecho partícipe de su vida, de su intimidad, a ese libro. Cuando lo leo, leo un libro “humanizado”.

A veces somos nosotros, en lecturas anteriores, los “humanizadores”.Así ese momento único en el que el libro, que hemos leído en verano, nos brinda un hilillo de arena de playa. Es un hermoso regalo de tiempos más claros. Como Proust con su magdalena, de repente nos invade una sensación especial, un bienestar nuevo, y, pensando en él, vuelve el día soleado y, en algunos casos, feliz.

La colección Austral, asequible para mi bolsillo, me acercó a los clásicos. Todavía guardo mi primer Quijote, subrayado en rojo y azul; insustituible. Y vendrán los libros de Losada: Generación del 27 y Neruda, algunos comprados a Eduardo en su portal de la Rúa do Vilar, que aconsejaba:

-“Llévalo, que también lo llevo don Benito Varela Jácome”.

Los libros en gallego impresos en Argentina, comprados en trastiendas, mis primeros livres de poche, las novelas de Eça de Queiroz, los poemas de Pessoa, Rosa Chacel y Giraudoux defendiendo mi mismidad en una larga mili de 18 meses ¿Cómo olvidarlos?

El buscar lo que la censura prohibía hizo que pronto conociera a compañeros de ruta que, como yo, frecuentaban lugares donde a veces había lo que buscábamos. Los libros deseados, disputados con otros clientes, tenían una doble condición sufriente, “libros heridos”, por los censores y por los avatares del no siempre fácil transporte. Yo le debo la referencia de algunos de ellos al profesor Sobejano que, en un curso de verano para extranjeros que organizaba la Universidad de Santiago en Coruña, nos hablaba de novelas que no podíamos leer, La reivindicación del Conde don Julián de Goytisolo y Si te dicen que caí de Marsé. Dos regalos maravillosos.

Mi piedad por los libros tiene un antecedente histórico, aun estoy viendo como una tía abuela quema las láminas de una castísima edición de El paraíso perdido de Milton. El niño que yo era, no podía comprender por qué los pobres Adán y Eva tenían que arder en la cocina bilbaína. Por eso, cuando ha surgido, he adoptado libros: una Antología rota de León Felipe, que quisieron destrozar furibundos fascistas de los años ochenta, me acompaña con sus páginas medio borradas, recordándome que la palabra no desaparece aunque se empeñen algunos.


 

Enfermo de literatura

Los lectores compulsivos pertenecemos a un club secreto, que los catalanes definen con una palabra, “lletraferits”, “letraheridos”. Nos conocemos entre nosotros por la manera de coger un libro, de hojearlo, de reconocer la calidad de un papel- esa sonrisa que nos da una textura-, por la prisa para buscar privacidad cuando hemos encontrado el libro buscado…Además tenemos bastantes manías, tratamos nuestros libros de manera especial, a veces ilógica: un amigo mío plancha las hojas de los libros después de leerlos, yo, que soy capaz de llenarlos de anotaciones, no tolero que se doblen las hojas de mis libros con marcas de lectura.

Sé, además, que compraré libros hasta que pueda. Oigo a mi madre, cuando yo era adolescente:

-“¿Pero has leído todo lo que tienes?”

Como contestaba entonces, contesto hoy:

-“No, claro que no”

El deber ser de la biblioteca

Pero, como dice Alberto Manguel, quien me puede privar de seguir comprando consolación, esa consolación a veces bebida hasta el fondo del vaso, otras simplemente probada…Consolación “que mira como arrecia”, como decía Gloria Fuertes. Y yo, el hombre que se hizo lector sin bibliotecas, que encontró más tarde en ellas magia y alegría, sueño con una prolongación pública de este sentimiento. Sueño con una biblioteca como la que desea Umberto Ecco: algo comparable a los estantes de esos vendedores que, a orillas del Sena, ofrecen a los paseantes su mercancía. Allí los libros se buscan, a veces se encuentran, otras se nos aparecen, como las cosas importantes de la vida. Esta biblioteca deberá ser íntima y pública, que nos permita aislarnos en nuestra tarea y que, al mismo tiempo, sea lugar de encuentro y charla.

Vaya aquí mi homenaje a la Biblioteca Pública de Guadalajara que conocí, viva y magnífica, en la época en que la dirigía Blanca Calvo.

 
 

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