Patricia Castelao
Ilustración para el Calendario de las Letras 2007
Lápiz/digital

El valor de la lectura: leer por leer

Santiago Yubero
Universidad de Castilla-La Mancha


El largo camino hacia la lectura

Formando parte de nuestra memoria colectiva se encuentran las historias que nos han acompañado durante la infancia. Historias que han generado la estructura intertextual que somos capaces de reconocer cuando nos enfrentamos a una trama argumental, sea leída, escuchada o vista a través del cine o la televisión. En este ámbito se encuentran los cuentos tradicionales que nos contaron y leímos de pequeños. Cada vez que nos acercamos a una estructura narrativa similar a aquéllas que conocimos y aprendimos en otro tiempo, se despiertan nuestros esquemas cognitivos para alertarnos de se ha producido un encuentro con algo conocido.

Uno de aquellos cuentos es La bella durmiente, cuyo esquema estructural vuelve una y otra vez, como nos recuerdan las mujeres “silentes” que describe en su libro, La casa de las mujeres dormidas, Yasunari Kawabata, a las que, precisamente, Gabriel García Márquez en su último libro, Memoria de mis putas tristes, hace un homenaje de la mano de Delgadina, un personaje con el que bien podría reconstruirse a la perfección el mito de la propia Bella Durmiente. Sin embargo, las referencias al intertexto lector y al mito de la Bella Durmiente, aquí sólo las vamos a tomar como excusa para establecer una relación metafórica entre el papel que cumple la joven protagonista del viejo cuento recogido por los Grimm y el proceso de aprender a amar la lectura.

Recordemos que en este cuento, la bella permanece inerte a la espera de que un joven príncipe la bese para recobrar un suspiro de vida, pero aún así, a pesar de su situación, toda su belleza permanece inalterable,…, simplemente, se encuentra dormida. El joven príncipe que al final consiga llegar hasta ella, con su beso no le concederá la belleza, sólo (y no es poca cosa) conseguirá activar todos los encantos que la joven dama ya atesora previamente.

En este viejo cuento, antes de que el príncipe consiga acercarse hasta la princesa, otros príncipes lo intentan, sin conseguirlo. Algunos no lo consiguen porque no han tenido el valor suficiente para afrontar las dificultades, otros simplemente no pusieron el empeño necesario; otros, sin embargo, no eligieron el momento adecuado,…, fueron, sin duda, muchos los príncipes cuyas acciones y esfuerzos no tuvieron la recompensa, ni el éxito deseado.

La imagen del lector nos recuerda a la de los príncipes que buscan encontrarse con la Bella. A la del príncipe que trata de acercarse a besar a la princesa para despertar su belleza dormida. Así es la lectura, sin duda una Bella Durmiente esperando a que su príncipe (el lector) le dé vida, haga despertar la belleza que contiene en su interior. Luego, ella, la Bella (la lectura) cogerá de la mano al príncipe, tal como lo hizo en el cuento, para enseñarle las maravillas de su palacio, de su país, de su mundo y así poder disfrutar juntos de lo que la vida puede ofrecerles. La lectura viene a decirnos que el paraíso existe, que la esperanza existe, que sin duda conseguirla exige esfuerzo, aunque tal vez necesitemos también un golpe de suerte.

No creo que, en lo esencial, esta historia haya cambiado mucho. Es posible que la Bella se cubra de otros ropajes que, aparentemente, la hagan parecer distinta y, tal vez, incluso, el príncipe no tenga mucho que ver con aquél otro; pero el camino a seguir es el mismo, tortuoso, difícil, cargado de hitos que marcarán el éxito o el fracaso de la aventura.

Como en el viejo cuento de la Bella Durmiente, ella espera, conservando todo su encanto, a que el príncipe roce sus labios para hacerle partícipe de sus maravillosos sueños. Así espera el libro. Pero no es ni ha sido nunca tarea fácil llegar hasta él, muchos lo intentan, sin embargo no son muchos lo que lo consiguen; se necesita tesón, fuerza de voluntad, motivación, atrevimiento, buenos consejos y, seguramente, una pizca de suerte,…, aunque, sin duda, merece la pena. En el camino del lector, seguramente, cada día barreras de zarzas impidan el paso y haya que luchar y superar el cansancio que nutre la desgana.

La lectura como expresión de la libertad

Para construir y transmitir la cultura el instrumento del que disponemos es el lenguaje. Aunque las imágenes, en un mundo como el nuestro, han cobrado una importancia relevante como fuente de socialización y, con ello, el desarrollo de nuevas habilidades para el reconocimiento de un renovado lenguaje icónico, la palabra impresa sigue formando parte esencial de los procesos de comunicación y un elemento básico para la información. Sea acompañando a una imagen como eslogan impactante o en textos informativos o narrativos, la palabra es la fuente que nutre el proceso de socialización con el que interiorizamos las normas, creencias y pautas de conducta aceptadas por nuestra sociedad. Sin duda, tal vez sea este el factor más relevante de la importancia de la lectura. La lectura como fuente de socialización, puede suponer el mantenimiento del orden establecido sin trabas críticas, pero también puede formar un individuo más crítico y libre, que no acepte sin más lo que se le impone. No es casual que los gobiernos autocráticos teman a los lectores y hagan hogueras de libros para destruir un instrumento de subversión; los nazis quemaron libros, las dictaduras persiguen a los intelectuales y prohíben la edición y la lectura de determinados libros; en la memoria de muchos españoles se encuentran las vivencias sobre la prohibición de leer a muchos autores y la exigencia de leer textos moralistas y de formación nacional. Y es que, efectivamente, leer puede ser un instrumento de sometimiento o una afirmación individual que nos puede hacer libres, solidarios, críticos e independientes. No se puede controlar al que lee libremente. El lector descubre a través del texto otras realidades y puede llegar a interpretar de forma crítica la suya propia. De esta manera, no puede controlarse el orden establecido, lo que pone en peligro el sometimiento del individuo a las instancias de poder: instituciones, ideologías políticas o religiones. Por ello, aún hoy, no es extraño observar lugares donde se quiere controlar la lectura y actitudes contradictorias en algunas instancias de poder que, mientras recomiendan la lectura, no ponen los medios necesarios para facilitar y generalizar los comportamientos lectores; pues la lectura generalizada y libre, supondría personas más formadas, más críticas y, sin duda, más independientes.

Pero la lectura y la escritura son fenómenos construidos socialmente, a los que se les añade una serie de capacidades que han de tener un valor social, con un significado cultural dentro de su contexto. Por ello, el proceso lector no se reduce a saber leer y escribir, sino que también son sus objetivos la adquisición del razonamiento abstracto y del pensamiento independiente y crítico.

La lectura, por lo tanto, no puede analizarse solamente desde variables individuales, sino que resulta imprescindible un análisis en función de la sociedad en la que el individuo se desarrolla, sin separar las conductas lectoras de las imágenes proyectadas socialmente de la lectura, que orientan o bloquean la conducta lectora.


Miguel Porto
 
 

Lectura instrumental vs lectura pracentera

En nuestra sociedad, por mucho que se trate de fomentar la lectura placentera, a la actividad lectora se le suele dar importancia por su dimensión instrumental. La lectura suele asociarse con la actividad intelectual, con el aprendizaje, con el estudio y, básicamente, con la transmisión de información y la adquisición de conocimientos. Pero también existe, aunque no de forma tan mayoritaria como deseáramos, la idea que asocia la lectura con el entretenimiento, aludiendo a su carácter relajante y de ocio agradable. Así pues, podemos diferenciar la lectura instrumental, que se hace para obtener información (aprender, estudiar, saber el funcionamiento de algo,…), de la lectura ociosa, por el hecho de que la última se elige de forma libre y voluntaria, con el objetivo de leer por leer, por entretenimiento y autosatisfacción, aunque también pueda aportar conocimiento sin que, en ningún caso, éste sea su objetivo primordial.

Podemos preguntarnos si la lectura es una actividad imprescindible cuando un número considerable de personas, en torno a la mitad de la población, no leen y no parece que ocurra nada. El éxito social no depende del nivel cultural. El éxito social pasa por el consumo y la lectura queda relegada en un segundo plano, como conducta individual, que sólo realizan las minorías. Nuestra cultura tiene su base en la economía y los medios de comunicación nos venden modelos de conducta basados en el consumo y en actitudes hedonistas.

Los lectores no son modelos sociales. Sin embargo, un hogar con libros sigue siendo más distinguido. La existencia en el domicilio particular de una biblioteca constituye una marca social positiva; quizá por ello, muchos personajes públicos eligen fotografiarse para los medios de comunicación delante de sus bibliotecas.

Para que una persona se motive en el desarrollo de sus hábitos lectores es necesario que interprete la lectura como un hecho cultural relevante y como una destreza individual importante; pero el significado social se define en términos culturales, no individuales. Por ello, el que el lenguaje escrito y la lectura sean relevantes para el niño, dependerá de la comunidad de referencia. El niño formulará interpretaciones sobre el lenguaje escrito, su naturaleza y propósitos, basándose en la interpretación ofrecida por los otros, indicando con su actividad la importancia de estas acciones, para el funcionamiento adecuado en la sociedad a la que pertenece.

Las dimensiones cognitiva y afectiva en la actitud lectora están íntimamente coordinadas; quizás la dificultad radica en que a nivel educativo solamente se piensa, o se hace de manera prioritaria, en el componente cognitivo de esta actitud, dejando que el componente afectivo surja por sí mismo o incluso ignorando su potencialidad. Se trata de que el libro no sea un intruso en la vida de las personas, un elemento incómodo que nos persigue. La relación entre la lectura y el niño debe estar basada en la empatía. Suele ser habitual pasar de los primeros encuentros lectores conjuntos, entre el niño y sus padres, llenos de emotividad y complicidad, a situaciones de aislamiento del niño con el libro, cuando comienza su aprendizaje lector. El niño se enfrenta a textos de forma individual, que son difíciles de descifrar para él pero que, sin embargo, en muchas ocasiones son literariamente más simples que los cuentos narrados o leídos conjuntamente. Si la lectura no sirve para disfrutar como antes y compartir situaciones con los adultos significativos, la actividad lectora puede perder su significado social, despojándola de su valor inicial y quedándose, exclusivamente, como una actividad circunscrita a la esfera escolar.

Otro de los problemas lo plantean los programas de enseñanza cuando se centran, básicamente, en la funcionalidad de la lectura y en el libro como instrumento de aprendizaje, esto contribuye a considerar la lectura como una tarea escolar ajena a la vida cotidiana y alejada de la libertad de elegir, cercana a la obligatoriedad, en muchas ocasiones tediosa. Por ello, algunos niños llegan a percibir la lectura del aula como una tarea propia de ese contexto y, desde luego, como algo diferente de la lectura que se pueda realizar fuera de la escuela.

Aunque se trata de fomentar el valor de la lectura placentera, la actividad lectora que es válida dentro del contexto escolar, en muchos casos, es la que lleva a resolver con éxito una tarea. Si el placer está en el resultado de acabar el libro, por haber leído uno más y ganar a los compañeros, sin interesarse por los personajes o por el argumento, la lectura se acabará cuando desaparezca la competencia, la nota por el resultado. En este proceso de aprendizaje conductual donde lo relevante son los refuerzos obtenidos o las tareas, como símbolo del castigo, la acción de leer, en sí misma, no tiene ningún significado.

Lo interesante es trasmitir que la lectura es conveniente y altamente satisfactoria. La meta no es leer para devorar libros, sino disfrutar de la lectura como actividad intrínsecamente reforzadora, con una meta inmediata en la propia acción y con el objetivo de conseguir el hábito lector a medio plazo. Ser lector habitual proporcionará, en un futuro próximo, una formación cultural más sólida y una configuración de la personalidad más equilibrada.

El objetivo debe ser que la lectura se convierta en un placer, primando la libertad de acción, y extrayendo del libro todo su jugo emocional y cognitivo. Una vez creada la inclinación favorable hacia el acto lector, y habiendo descubierto el valor de la lectura, podrá realizarse con mayor o menor intensidad en una época determinada de la vida, pero la actividad lectora volverá a producirse, aunque se haya suspendido temporalmente.

El valor de la lectura o la lectura como valor

Una comunidad alfabetizada facilitará el desarrollo de las competencias lectoras y, en ella, la lectura constituirá un conocimiento socialmente valorado. Los modelos a los que están expuestos los niños, el material de lectura al que acceden y sus propios intereses, influyen constantemente en su concepción de la lectura. De hecho, una influencia muy importante del factor social es la frecuencia del contacto con el ‘objeto cultural’, la presencia de libros y lectores en el entorno social inmediato del niño. Si se producen contactos con la lectura, el niño aprende que el libro sirve para mirar, para leer, para divertirse y el texto es visto como portador de un contenido, que va a ser valorado.

Por ello, para desarrollar el valor de la lectura es necesario generar un modelo social donde ésta tome sentido. Si la construcción del lector es una acción social, todos somos responsables. Debemos entender que la lectura incide a su vez sobre los sujetos de forma individual y sobre la sociedad en su totalidad; construyendo individuos más formados, mejora la sociedad.

Por otro lado, la lectura también puede ser un medio para educar valores, pero no es la finalidad de la lectura la educación moral. La lectura será educativa cuando el niño se identifique con la historia y los personajes, cuando se fascine por la lectura y descubra toda la capacidad de la narrativa. Será en esas circunstancias cuando la lectura le aproxime al conocimiento de un estilo de vida, cuando le sirva para estructurar su propia jerarquía de valores y le brinde libertad de decisión a partir del desarrollo crítico de la realidad y de la ficción; en palabras de Caballero (2002), “el libro se convierte entonces en un vehículo de aprendizaje de la vida”. Los valores no dejan de ser abstracciones, pero se pueden materializar en los comportamientos y caracterización de los personajes, en la resolución de la trama, incluso explicitarse en el texto, o quedar como una construcción tras la lectura; aunque ello dependa, básicamente, de la percepción del lector y del propio contexto social de referencia donde se inserta el sujeto.

Al adulto en su mediación se le ha de exigir que ame la lectura, que sea capaz de transmitir a los niños el encanto de leer y de hacer del encuentro una situación placentera. Recordemos que lo primero es el deseo de leer y el disfrutar de la lectura, los aprendizajes son complementarios al propio acto lector.

Como sabemos, los niños tienen que adquirir la cultura de su entorno, tienen que asimilar los valores que marcarán sus pautas de comportamiento para construir un estilo de vida. Ese proceso de aprendizaje se realiza a través del modelaje, los niños harán lo que vean hacer a sus mayores, serán sus modelos a seguir e imitar. En un principio serán sus padres, pero pronto entran en juego otros agentes de socialización, actuando también como modelos en este proceso. Entre esos otros que pueden actuar como modelos de los niños se encuentran los personajes de las narraciones, orales en un principio y escritas cuando tienen desarrolladas las destrezas lectoras. Recordemos que en la primera infancia los niños no establecen diferencia cognitiva entre la realidad y la apariencia, entre la ficción y la realidad, para ellos, los personajes de un cuento pueden guiarles de igual manera que una persona real de su entorno inmediato.

Que la lectura por sí misma tiene valor es algo innegable e indiscutible. Las potencialidades cognitivas que desarrolla, el espíritu crítico que conlleva, los aprendizajes que nos proporciona…, existen multitud de estudios que avalan estas afirmaciones. Pero, sobre todo, nos interesa la lectura, como actividad lúdica, ubicada en el tiempo de ocio de nuestra sociedad y, por lo tanto, ha de concedérsele un valor social.

No hay duda de que ser lector implica más que llevar a cabo el acto de leer, ese es solamente el componente conductual. La lectura ha de acompañarse de un componente emocional, la satisfacción al leer, y de un componente cognitivo que da importancia a la lectura (Larrañaga y Yubero, 2005). La conjunción de esos tres componentes es lo que da valor a la lectura y lo que hace que la lectura tenga valor por sí misma. Cuando se lee por libre voluntad, disfrutando de un libro, cuando se lee por leer, lo demás viene por añadidura.

Bibliografía

Caballero, J.M. (2002). De lectores y lecturas. En J.A. Millán (coord.), La lectura en España (pp. 383-392). Madrid: Federación de Gremios de Editores.
Cerrillo, P.C. y Yubero, S. (2003). La formación de mediadores para la promoción de la lectura, Cuenca, Servicio de Publicaciones de la UCLM-CEPLI.
Cerrillo, P.C. y Sánchez, C. (2006). Literatura con mayúsculas. Ocnos, 2, 7-21.
Tejerina, I. (1996). Literatura y compromiso: hacer preguntas para buscar respuestas. Puertas a la lectura. Lectura y valores. Badajoz: Universidad de Extremadura.
Larrañaga, E. y Yubero, S. (2005). Ocnos, 1, 43-60.
Yubero, S. (2006). Sobre el valor de la lectura en los valores del mediador. Ponencia V Seminario Internacional de ‘Lectura y Patrimonio’. Cuenca, 25-27 octubre.
Yubero, S., Larrañaga, E. y Cerrillo, P.C. (2004). Valores y lectura. Estudios multidisciplinares, Cuenca, Servicio de Publicaciones de la UCLM-CEPLI.


 
 

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