Miguel Harguindey
Tour dinámico de acrobacias
50 x 67 cm.

 
 

 
Leer y animar a leer: retos a la pasión

Xosé A. Neira Cruz
Escritor y editor
 
 

En la base de toda política de promoción y desarrollo cultural, la lectura debe o debería ocupar un lugar primordial. Lectura como argumento de cualquier otra iniciativa, no sólo las que tienen que ver específicamente con el libro. Pues es hora, quizás, de entender que el ejercicio de leer es extensible a cualquier soporte, principalmente en estos tiempos de recambio tecnológico, pero no sólo por el hecho de estar en momentos de cambio de contenedores, sino porque una concepción bien entendida de la lectura, no reducionista, interdisciplinar y abierta a propuestas imaginativas –de las que dan fruto y apasionan- pasa necesariamente por el diálogo entre las prácticas culturales.

En ese diálogo, el texto -cualquiera que este sea, donde quiera que esté escrito, mismo si no lo está- es fundamental, como lo es el proceso de descodificación del mismo. Cuando en los tiempos de Trento la Iglesia dio en utilizar las partes posteriores de las casulla de los curas (el oficiante decía la misa de espaldas al pueblo) para ilustrar sobre premios y castigos divinos asimilados a diferentes prácticas de vida, simplemente estaba demostrando una sagacidad certera que se resumiría en la conocida máxima "todo lo que entra por los ojos se aprende". O dicho de otra forma: todo lo que está a la vista se lee.

Leamos pues, y enseñemos a leer, en las luces con las que iluminemos nuestras calles en las fiestas (y ya nos dieron señales en ese sentido las decoraciones de Navidad realizadas en Madrid hace pocos años), en las sobremesas que comamos, en el respaldo de los asientos que nos toquen delante en el autobús o en la bolsa del pan, como nos acaba de proponer la Dirección General de Difusión y Promoción Cultural de la Xunta de Galicia. Pues en la medida en que consigamos hacer de la lectura un acto cotidiano, estaremos ganando, en lo consciente y en lo inconsciente -que a veces es la parte nuestra que más retiene - espacios para el disfrute lector.

Sorprendamos a nuestros conciudadanos con propuestas que les entren por los ojos, en presencia de las cuales ni siquiera tengan que cuestionarse si es bueno o necesario acercarse a un texto. Que el acercamiento a esa propuesta lectora -repito, en el soporte que sea- venga revestida de la dimensión de novedad, de hecho inusual, de acontecimiento que apetece no perderse, pues, lo tengamos presente, para la mayoría de nuestros vecinos leer es, sin duda, una práctica excepcional. No se trata de abrumar con estadísticas que nos colocan a la cola de Europa en consumo lector; tampoco es momento de recordar el número de libros (y hay que hablar en singular) que corresponden per capita en este país. Por no seguir con las tiradas cada vez más reducidas de los libros que se editan, con el número de bibliotecas, con la adecuación de sus instalaciones, con la idoneidad de sus horarios de apertura, con el dinamismo de sus actividades, con la accesibilidad de sus fondos... Hay un largo etcétera de atrancos vinculados al libro y a la lectura entre nosotros que nos facilitan la excusa de no querer o no poder leer.

Frente a esos atrancos, agudicemos el ingenio y tiremos provecho de lo que siempre nos hace salir de nuestras prácticas habituales para meter la nariz donde más nos presta: echemos mano de la curiosidad que anida en nosotros. Si un libro no llama la atención de la gran parte de nuestros conciudadanos –y las cifras dicen a las claras que no- llevemos los textos leídos, escritos, cantados, pregonados, pintados allí donde leerlos, en el soporte que sea, resulte inevitable, divertido y conmovedor. He ahí, para empezar, las tres claves de una posible campaña que quiera hacer del texto (sigo resistiéndome a hablar sólo del libro) una llamada a la atención colectiva: tiene que estar por todas partes, sobre todo en las más inusuales; tiene que divertir y promover el disfrute y/o tiene que conmover a quien se acerque a él para que, de una o de otra forma, quede tocado en alguna fibra inesperada de su interior.

De tocar fibras de nuestro interior -es decir, de nuestro inconsciente- sabe bien y echa una mano continuamente el lenguaje publicitario. Si es quien de ponernos a consumir infinidad de productos que, sin la debida promoción, no llegaríamos a incorporar a nuestros hábitos, algo habrá que aprender de ella para acercar el agua a nuestro arroyo. Una regla de oro que los publicitas tienen clara -y que nosotros no deberíamos olvidar en nuestro empeño de promocionar la lectura- es que cada público, cada destinatario, necesita su mensaje. No podemos presentarle el mismo texto a un niño, a un adolescente, al padre o madre de ese adolescente y a sus abuelos. Tampoco podemos hablarles de la misma manera a todos, pues cada uno de ellos responde a unos trazos jergales en los que se autoidentifica al formar parte de un grupo diferenciado.

La cultura, y de forma especial, el libro, ha pecado con demasiada frecuencia de unos protocolos de comunicación proliferados de más de grandilocuencia y solemnidad. Hace falta reconocer y valorar el consumo y prácticas culturales de cada grupo poblacional y, a través de esa segmentación, diseñar nuestras estrategias de acercamiento. Fallar en el lenguaje con el que queremos llegar a nuestros destinatarios, o equivocarse en la definición de las características de cada grupo se traduce, en la mayor parte de los casos, en una baja rentabilidad de los esfuerzos y de las inversiones realizadas. Romper esquemas, desmontar prejuicios y apearse de la gravedad suelen ser buenas prácticas de partida que deberíamos anotar en nuestros decálogos de promotores del libro y de la lectura. Esto se traduce, por ejemplo, en incorporar los comics a los estantes de las bibliotecas, en utilizar mensajes sms para promocionar una determinada obra o en cantar a ritmo de rap la biografía del último homenajeado en el Día de las Letras Gallegas, como acaba de demostrar un docente imaginativo de un centro del Barco de Valdeorras.

Ana Karina Lema Astray
Silencios - Técnica mixta sobre tela (Díptico) 130 X 97 cm.

Vayamos ahora, para finalizar, a algunas cuestiones elementales que, quizás por elementales, se nos olvidan a menudo. Y las pongamos una detrás de otra para advertir la evidente interrelación entre algunas de estas formulaciones.

1. Leer no es fácil. Todos lo sabemos, sabemos que la lectura requiere un esfuerzo, una concentración y una dedicación que otros medios, otras formas de ocio, no exigen. Ya que luego, desterremos de nuestra lenguaje referencias a la facilidad de la práctica lectora. Porque leer es fácil para muy pocos, para los menos. Vayamos con la verdad por delante y aceptemos que la mayoría de nuestros interlocutores leer no les atrae. Digámosles que leer, a pesar de ese esfuerzo, merece la pena, y demostrémosles por qué.

2. Leer es una excepción cultural. Cuando menos entre nosotros, así lo debemos tener en cuenta. Antes de ponerse a leer, cada ciudadano gallego hace muchas otras cosas y, si le queda tiempo -cosa que no suele ocurrir- abre un libro. Lo cual tampoco significa que lo vaya a leer. Ya que no podemos luchar contra eso -o al menos no parece fácil hacerlo- permitámosle que así lo haga. Démosle por buena esa supuesta práctica lectora. Y descubrámosle, pongamos a su alcance, libros que se pueden abrir sin necesidad de que tengan que ser leídos. Libros de imagen, álbumes ilustrados (de los que, por cierto, contamos actualmente en gallego con ediciones de calidad probada y premiada a nivel estatal e internacional), textos desplegables, posters literarios, barajas de poemas o juegos con referentes en obras y escritores (y ahí está, para demostrárnoslo, la magnífica campaña de lectura "Hora de Leer", recientemente presentada y diseñada por la Asesoría de Bibliotecas Escolares de la Dirección General de Ordenación e Innovación Educativa de la Xunta de Galicia).

3. Leer no es organizar actividades paralectoras. Sean bienvenidos los cuentacuentos, las dramatizaciones de textos, las visitas de autores y autoras, las firmas de libros... pero que no se acaben convirtiendo en substitutivo de la lectura. No vaya a ser que nuestros lectores acaben prefiriendo ser animados a leer más que ser lectores.

4. Leer, a pesar de todo, es necesario y sigue formando parte de nuestra práctica diaria. Mismo se puede decir que nunca como en la actualidad nuestros jóvenes escribieron y leyeron tantos correos electrónicos, chats, mensajes telefónicos o blogs. Perdámosle miedo a esas herramientas populares y accesibles para llenarlas de contenidos valiosos. Las convirtamos en nuestras aliadas y, para eso, aprendamos a entenderlas y utilizarlas.

5. Leer no está de moda, no forma parte de las dinámicas de consumo defendidas desde programas de televisión de audiencias millonarias, por personajes de prestigio o por líderes sociales. Aceptemos que ser culto ya no é un valor en esta sociedad que apeó a la cultura de los pilares prioritarios, en aras del éxito económico, a poder ser fulgurante, o de la fama ganada a cualquier coste, y convirtamos nuestra condición de minoría en elemento de exotismo diferencial. Ser exóticos consiste en tener mensaje oculta, en tener algo que decir, en ofrecer misterio. El misterio sigue a ser un punto valorado en la bolsa cambiante de nuestros valores y prácticas sociales.

6. Leer puede ser prescindible pero los seres humanos seguimos sin poder prescindir de la necesidad de que nos cuenten buenas historias. Aprovechemos esa necesidad para proclamar la existencia de una buena historia, en formato libro, capaz de hechizar a cada quién. Divulguemos el hecho de que hay un libro hecho a la medida de nuestras necesidades. Que cada uno de nosotros tenemos por lo menos un libro que nos va hechizar. Se trata, entonces, de encontrar ese libro.

7. Leer no implica la obligación de terminar un libro que no gusta. Animemos a cerrar y abandonar los libros que se caen de las manos, de la misma forma que animamos a encontrar los buenos libros que se devoran sin necesidad de estrategias de apoyo.

8. Leer es una práctica que, como todas, necesita un tiempo y un espacio. Creemos tiempos en las repletas agendas de actividades diarias y propongamos espacios alternativos para la lectura. Espacios a los que llegar sea fácil, que formen parte de los itinerarios diarios, que resulten cómodos y acogedores, en los que, ante todo, uno se encuentre bien.

9. Leer y animar a leer es responsabilidad de todos. Corresponsabilicemos al tejido social en el esfuerzo de hablar del libro y de la lectura. Contemos con los creadores y dinamizadores culturales, sí, pero no olvidemos a los lectores y lectoras que, a pesar de todos los atrancos, siguen estando ahí: despachando pan en una panadería, poniendo cafés en un bar, dirigiendo el tráfico en una plaza... Propongámosles a nuestros lectores escogidos hablar de un libro a los demás, y hagamos que hablar de libros sea algo cotidiano, frecuente, accesible, no sólo cosa de maestros y escritores. Porque hay un libro para cada lector y cada lector pode hablar de un libro.

10. Leer es una práctica que habitualmente se hereda. Existen los lectores espontáneos, pero en la biografía de casi todo buen lector apareció en un momento dado una persona para la cual los libros eran fundamentales. Invitar a formar parte del círculo de los iniciados y demostrar que merece la pena formar parte de ese círculo mueve resortes internos a favor de la lectura. Siempre y cuando las razones esgrimidas sean sinceras y las emociones, ciertas.

11. Leer y animar a leer implica pasión. E implica obviamente leer. Si no leemos difícilmente podremos animar a leer. Si no nos apasiona la lectura, difícilmente lograremos apasionar a los demás. Sólo el que siente la pasión, apasiona. La pasión, a pesar de todas las modas en contra, sigue contando con muchos adeptos/as.

He aquí el desafío. Formular retos, como si se nos fuese la vida en ello, y hacer lo posible por llegar a la meta fijada, es fundamental en esta lucha del libro y de la lectura. Porque efectivamente una parte de nuestra vida, la que se lee, se cuenta, se escribe y se sueña, se nos puede ir con el libro que no se lee, con la lectura inexistente.

 
 

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